viernes, 20 de julio de 2018

Juan Carlos Onetti

(Montevideo, 1908 - Madrid, 1994) Escritor uruguayo, destacada figura del «Boom» de la literatura hispanoamericana de los años 60. Elogiado como uno de los máximos creadores de la narrativa en lengua castellana del siglo XX, es sin duda el más importante novelista que ha dado la literatura de su país, protagonismo que sólo puede disputarle Mario Benedetti, la otra gran figura de las letras uruguayas.

Juan Carlos Onetti
Hijo segundo de un funcionario de aduanas descendiente de emigrados irlandeses (ONetty parece haber sido el apellido original) y de una brasileña que pertenecía a una familia de hacendados gauchos, desertó de los estudios de derecho a mitad de la carrera, y desde la temprana adolescencia frecuentó las redacciones de periódicos y revistas de ambos márgenes del Río de la Plata, viviendo alternativamente en Montevideo y Buenos Aires, ciudad esta última en la que se instaló por primera vez, y ya independiente de los suyos, cuando sólo contaba veinte años.
Secretario de redacción del mítico semanario Marcha (donde firmaba sus críticas y colaboraciones con el popular seudónimo de Periquito el Aguador), asiduo del diario La Prensa y de la revista Vea y Lea, y encargado posteriormente de la sucursal rioplatense de la agencia Reuter, vivió un cuarto de siglo entre ambas capitales, de cuya síntesis surgiría la fantasmal Santa María donde transcurren sus principales ficciones (y algo más tarde Lavanda, resumen o boceto de la Banda Oriental).
Afincado en Montevideo, entre 1955 y 1975 fue director de bibliotecas municipales del distrito montevideano y luego integrante de la junta directiva de la Comedia Nacional, hasta que en el último de los citados años fue acusado de actividades subversivas por la dictadura que gobernaba el país, y eligió el exilio madrileño que ya no abandonaría hasta su muerte. En Uruguay había obtenido el Premio Nacional de Literatura, en 1962, y en España se le concedió el Cervantes, en 1980, y un año antes el Premio de la Crítica por Dejemos hablar al viento, votado por los especialistas en forma unánime como el mejor libro de habla española publicado durante 1979.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1961)
Después de sus primeros relatos (ganó en 1934 un concurso del género, convocado por el diario La Prensa, de Buenos Aires) se inició en la novela con El pozo (1939), que los críticos han considerado el más claro antecedente hispánico de la llamada literatura existencialista, difundida por Sartre y Camus, que dominaría como tendencia, durante el decenio siguiente, la narrativa occidental. Tras ella escribió Tiempo de abrazar (1940), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), Los adioses (1954) y Para una tumba sin nombre (1959), además de las sucesivas colecciones de cuentos Un sueño realizado (1951), La cara de la desgracia (1960), El infierno tan temido (1962) y Tan triste como ella (1963).
Pero el pasaje a la madurez y la absoluta autonomía de una obra que aportaba no sólo un lenguaje inédito en la narrativa hispánica, sino un universo conjetural por el que los personajes y las secuencias transitaban de un libro a otro, enriqueciendo en forma creciente el conjunto, se produjo con la escritura de La vida breve(1950), su primera obra maestra, que tendría posterior continuidad en otros dos títulos igualmente magistrales: El astillero (1961) y Juntacadáveres (1967). Estas novelas constituyen la llamada "trilogía de Santa María", por transcurrir las tres en la misma ciudad imaginaria y por ser habitadas por los mismos personajes, que se van cediendo el protagonismo de las páginas de una a las de las otras, sin dejar por ello de ser cada una de las novelas obras cerradas y autosuficientes en sí mismas.
Los temas y la atmósfera que van configurando la producción de Onetti son comunes y sórdidos: la soledad, la prostitución, la rutina, el dinero. La vida breve(entre las mencionadas) es por su exasperado realismo una auténtica obra maestra: relata el desdoblamiento de un ser tímido y sin aliento, José María Braussen, que se inventa otro yo, José María Arce, personaje violento que planea un crimen. En ella se da la fundación de Santa María, una ciudad mítica y ficticia (como Macondo en Cien años de soledad, de García Márquez, y Comala en Pedro Páramo, de Juan Rulfo), de indeterminado emplazamiento rioplatense, escenario de todo el ciclo narrativo.
El astillero Juntacadáveres se centran en la historia del personaje Junta Larsen. La última, aunque escrita posteriormente, se refiere a hechos anteriores de Larsen, cuando éste proyecta organizar científicamente un burdel en la hipócrita sociedad de Santa María. En El astillero (su título más celebrado) relata el delirio y la derrota del personaje, enredado en la reorganización del astillero de un tal Petrus y en la seducción de la hija de éste. La publicación de El astillero situó a Juan Carlos Onetti en la primera línea del llamado «Boom» de la literatura hispanoamericana de los años 60, que proyectó al plano internacional a numerosos narradores del continente apenas conocidos fuera de sus países: los citados Rulfo y García Márquez, los argentinos Jorge Luis BorgesJulio Cortázar y Ernesto Sábato, el mexicano Carlos Fuentes, el peruano Mario Vargas Llosa, el chileno José Donosoy su compatriota Mario Benedetti, entre otros.

1 comentario:

  1. ¿Por qué queremos tanto a Onetti? En primer lugar, porque era todo literatura. Esa era su pasión; es decir, era un lector, y después era un escritor. Por necesidad de las tripas, por la pasión de serlo. Su conversación no era literaria; era la de un tipo normal que vive para leer pero no vivía para contar ni sus lecturas ni sus obsesiones literarias. Leía, escribía, ahí estaba; él no tenía un cajón de inéditos que te leyera al atardecer. Era un escritor sobresaliente, pero ni se lo creía ni te lo decía.


    Y un ser humano, tan solo. La voz habitual dice que Juan Carlos Onetti, uruguayo, y melancólico como los uruguayos, era un hombre triste. No lo era, no es cierto. Era un humorista, en el sentido en el que lo fue Buster Keaton, o en el sentido en que lo es Woody Allen. Decía con su cara estólida las cosas más divertidas. Y las escribía. No hacía otra cosa que reír, pero con esa cara que la vida le fue dando parecía que tan solo se reía por dentro. Su silencio también era, a veces, una carcajada. De lástima, o de burla, frente a las luminotecnias de la solemnidad.
    Mario Vargas Llosa, que ha hecho un libro en el que reivindica a Onetti como el gran autor de ficción en español del siglo XX, distingue entre ambas facetas: el que escribe y el que habla. Cuando Onetti se quedaba solo con su escritura, y con sus personajes, se introducía en una zona de sombra en la que mandaba aquella melancolía honda que le emparentó desde muy temprano con los existencialistas.

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